Por qué un agnóstico sin una gota de sangre judía no puede dejar de hablar de Israel.
Por OSVALDO BAZÁN – 14.03.2026
¿Otra vez Israel?
¿Es una obsesión? ¿Por qué un país que nunca me había interesado más que, qué sé yo, Islandia o Bulgaria, de pronto está en el centro de la mayoría de mis conversaciones?
¿Por qué el algoritmo ya lo entendió y se me aparecen desde colonos ultraortodoxos maltratando a árabes hasta el increíble avance del Sorek 2, esa planta que produce 200 millones de metros cúbicos de agua dulce al año, desalinizándola del mar; desde la destrucción del primer templo de Jerusalén, en el 576 a. C., cuando los judíos tuvieron que irse por primera vez al exilio, a Babilonia, volviendo 70 años después para volver a construir el templo hasta el bullying que sufrió Eden Golán, la chica que representó a Israel en el último Eurovisión, una chica que sobrevivió a la masacre de Nova, tapada por los cadáveres de sus amigos, y que en las conferencias de prensa del show tuvo que soportar que otros participantes —otros «artisstas»— se taparan la cara mientras hablaba o hicieran gestos de aburrimiento y manifestaciones masivas en su contra y abucheos?
¿Por qué todo esto es tan importante para mí, que soy tan poco judío, que si me pongo una kipá en lugar de hebreo, parezco un almacenero gallego con gorrito?
Porque Israel me sirvió, ya pasados los 60, para entender el mundo.
Porque no es Israel, es Occidente.
Porque somos nosotros.
Cuando el 7 de octubre de 2023 amanecí, como todos, con las imágenes de la masacre, me paralicé. Me imaginé la situación en Salto Grande, en mi pueblo santafesino. Y eso que Salto, siendo chiquito, es casi siete veces más grande que el Kibutz Nir Oz, en donde los terroristas entraron, levantaron a todos, destrozaron, mataron, violaron, quemaron, secuestraron, hicieron cosas que, por atroces, son increíbles, y robaron lo que quedaba.
Me imaginé si eso pasaba en Salto Grande.
Me imaginé a los terroristas matando a mis parientes, a mis amigos siendo torturados, siendo violados, siendo asesinados. ¿El motivo? Eran saltograndenses y eso era intolerable para sus vecinos.
Eso fue lo que ocurrió.
Eran israelíes y eso es intolerable para Hamás y gran parte del pueblo palestino.
Pensé, como muchos, en el Holocausto.
Pero la diferencia fundamental con los hornos de Hitler me horrorizó. Cuando los aliados entraron en los campos de concentración y comprobaron el espanto, el mundo supo lo que había pasado y supo también que los nazis lo ocultaron porque sabían que la humanidad no iba a permitir tal masacre. Lo escondieron, no era buena publicidad. No los avergonzaba, pero no lo mostraban como un trofeo.
Hamás hizo exactamente lo contrario.
Lo difundió en directo.
Regaló las imágenes a las cadenas internacionales; en realidad, invitó a «periodistas» de esas cadenas a ser parte de un macabro festín.
Sabían que todo el trabajo previo rendiría sus frutos.
Planearon durante décadas el golpe maestro.
Desde los movimientos «pacifistas» de los ’60, la ingenuidad —en el mejor de los casos, en muchos la complicidad— de Occidente, le abrió la puerta a la diversidad, confundiendo empatía con descontrol. Cavaron muy hondo en la insatisfacción de las clases ilustradas; en la desesperación de los más vulnerables; en la ambición de los más poderosos. Prepararon cada uno de los frentes: Occidente es culpable e Israel es lo más Occidente que hay, ergo, merece el castigo.
Lo más triste es que la publicidad de la masacre dio sus frutos. El mundo no se alzó a favor de las víctimas ensangrentadas sino en su contra. El grito «Del río al mar» recorrió un planeta en donde la mayoría no podría ubicar ese río ni ese mar en un mapa. La mayoría. Porque algunos sí. Sabían muy bien que la ignorancia es atrevida. Ser «pro Palestina» fue una marca identitaria.
¿Sos bueno? Sos pro Palestina.
¿Sos malo? Suponés que Israel tiene derecho a existir.
Ya estaba decidido que Israel sería “genocida” aunque todavía estaba —literalmente— juntando los pedazos de sus muertos.
Tan aceitada estaba la maquinaria que hubo manifestaciones y afiches contra la respuesta de Israel antes de que esta se produjera, el 8 de octubre. Ya estaba decidido que Israel sería «genocida» aunque todavía estaba —literalmente— juntando los pedazos de sus muertos.
MEDIO ORIENTE SEGÚN OCCIDENTE
Me empecé a interesar por el tema, averigüé, busqué datos, fuentes, confirmé, deseché. Hice lo que aprendí en tantos años de periodismo. Desconfié y pregunté. Empecé entonces a escribir y mostrar estos temas en los modestos medios que habito —Seúl y mi canal de YouTube—. Ningún gran medio me llamó para hablar del asunto, y está bien, me conocieron disfrazado de payaso en Mañanas informales, qué venís a hablar de geopolítica, gil. Encima, defendiendo a Israel, cuando todo el mundo sabe que es culpable porque coso.
Y apareció la respuesta de la colectividad judía, entre asombrada y contenta: «uno que no es de los nuestros entiende de qué va la cosa». Así de solos están los judíos de la diáspora hoy. Era el cariño por encontrar a alguien que, simplemente, preguntó antes de juzgar.
Así de solos están los judíos de la diáspora hoy. Era el cariño por encontrar a alguien que, simplemente, preguntó antes de juzgar.
Durante años nos dijeron que eran los dueños de los medios y de la industria del entretenimiento, pero ahí están los figurones de Hollywood y los medios internacionales repitiendo sin chequear toda la información dada por los terroristas. Que eso quiere decir cuando la fuente es «el Ministerio de Salud de Palestina».
Un territorio bajo el terror, como es la Franja de Gaza, está dominado por una organización terrorista. ¿Alguien cree que bajo una organización terrorista existe algo así como el «periodismo libre»? Sí, la BBC, la CNN, el New York Times, la Deutsche Welle, El País, RTVE, Antena 3, en fin, la cadena de felicidad de medios que durante años se autoproclamaron como el summum de la objetividad y el profesionalismo.
Pero viene un tipo encapuchado, con un rifle de asalto AK-47 chino, les dice «Israel bombardeó un hospital, mató a 500 personas» y listo, se publica.
Después, cuando quede claro que no fue así, que fue un error del propio Hamás, saldrá un recuadro chiquito en páginas interiores. Como ya lo dieron por hecho agencias internacionales como AFP o EFE, los diarios argentinos —sin personal especializado, con pasantes pegadores de cable— repiten las fake news y a otra cosa. Si total no da tanto clickeo, mejor nos concentramos en Wanda. Claro que cuando quieren tener alguien que hable «seriamente» desde el lugar la mandan a Elisabeta Piqueta para que publique libelos antisemitas sin drama en La Nación, o hacen como Clarín esta semana que tituló «Israel bombardeó una manifestación pro Palestina», cuando en realidad no pasó nada de eso, con sólo leer la nota se sabía. (Bueno, después me pregunto por qué no me llaman de los grandes medios, debería tomar un curso de relaciones públicas).
Con Irán están repitiendo el error, porque no es error.
Entonces la cole, cuando vio que al menos podía ubicar en el mapa el mar y el río, me lo agradeció de todas las maneras posibles.
Y yo les digo de todas las maneras posibles que no creo que el tema sea los judíos.
El problema es que los demás no nos damos cuenta.
Por este acercamiento fui invitado dos veces a viajar a Israel, siempre en contingentes con otros periodistas. Una vez fue la embajada israelí en Argentina, la otra la organización B’nai B’rith. Los resultados de esos viajes fueron publicados acá en Seúl y en mi canal.
Pero siento que me quedo corto.
Lo que vi, lector querido, es tan, pero tan, pero tan distinto a lo que dicen las noticias internacionales que siempre me queda algo por contar.
Desde el primer choque de ver en las rutas y en las ciudades israelíes la cartelería en hebreo, árabe e inglés hasta el terremoto mental que te produce escuchar el llamado a la oración musulmana, tanto en Tel Aviv como en Jerusalén, como en cualquier ciudad israelí.
Es difícil compaginar eso con la idea de apartheid.
A mí me dijeron que Israel comete genocidio contra los árabes. Pero el 21% de la población israelí es árabe. Y a diferencia de los israelíes, no están obligados a hacer el servicio militar. O sea, tienen un privilegio los árabes sobre los israelíes en Israel. ¡Qué genocidio loco!
En mi primer viaje comprobé que esa hambruna que los medios aseguraban que existía en Palestina por culpa de Israel era mentira. Vi pasar los camiones con comida y medicamentos desde Israel a Gaza. Claro, ahí lo agarraban los terroristas. ¿Eso es culpa de Israel? Según Greta y Javier Bardem, sí, obvio. Nunca vieron que a pocos kilómetros de ahí está el paso que une Gaza con Egipto —porque Gaza, querida Susan Sarandon, que andás sarandonéandote por ahí, tiene límite con Egipto— que sí, efectivamente, estuvo cerrado todo el tiempo por Egipto que no dio nada de ayuda a los «pobres palestinos».
Occidente se quejó de Israel, que sí dejó pasar ayuda (mientras los genocidiaba, mirá vos) y no de Egipto que cerró su frontera a cal y canto.
¿QUIÉN ES COLONIZADOR?
¿Cuántos saben que en agosto de 2005 Israel sacó, por su propia voluntad, a los últimos 8.000 civiles judíos que vivían en Gaza? Así nomás, se fueron y les dijeron «acá les dejamos los invernaderos de alta tecnología, úsenlos, hagan lo que quieran». Y se fueron para que no los jodieran más. Al tiempo Hamás ganó las elecciones y ya no hubo elecciones ni invernaderos. Destrozaron todo. No les interesa construir un país. Les interesa destruir al vecino.
Hablé con beduinos y con drusos que encontraron en Israel el lugar para ellos que no existe en ningún otro lado de Oriente Medio y, en realidad, casi del mundo. Un solo ejemplo: de un lado de la frontera, una chica beduina puede ser neurocirujana o jueza (sí, existen), pocos kilómetros más allá, del otro lado de la frontera, una chica beduina de 12 años está obligada a casarse con un señor mayor.
Un druso puede montar su empresa, desarrollarse y mandar sus hijos a la universidad —en toda su educación se respetan los valores drusos— en los Altos del Golán. Kilómetros más allá, en Siria son perseguidos y la crueldad que el nuevo gobierno «democrático» de Siria les aplica empalidece casi lo que se vio el 7 de octubre en Israel. Hay un video donde a un muchacho lo agarran, le abren el pecho, le sacan el corazón y se lo comen.
Los drusos son bombardeados por Hezbollah en el norte.
Los beduinos fueron secuestrados por Hamás el 7/10.
Como la diversidad bien entendida de Israel no deja de asombrarme, hablé con Shadi Kalloul, que es oficial del ejército israelí pero fundamentalmente es cristiano arameo. ¡Tomá mate! Es de ascendencia maronita aramea. Vive con su esposa y sus dos hijos en el pueblo de Tish, al norte de Israel, cerca de la frontera con el Líbano, un pueblo israelí en el que casi no hay judíos, sólo musulmanes y cristianos arameos.
En Israel hay unos 170.000 cristianos y de ellos, unos 12.000 son cristianos arameos. Desde 2015, Israel es el único país en el mundo que permite a sus ciudadanos registrarse oficialmente bajo la nacionalidad aramea en lugar de árabe en sus documentos de identidad. Nos muestra la iglesia antigua y con brillo en sus ojos nos cuenta que el Gobierno israelí ya aprobó los planos y construirá una localidad aramea, con una escuela aramea para resguardar el idioma y las costumbres que se están perdiendo. Argentina tiene una colonia aramea. Los países de Oriente Medio —lugar original de los cristianos arameos— los persiguieron y en muchos casos —Irak, Siria— los exterminaron.
¿Se entiende la diferencia?
Se supone que el arameo es la lengua que hablaba Jesús. No puedo resistirme a la tentación de pedirle que me hable en arameo. Se emociona y me dice el Padrenuestro en arameo.
Y otra vez el dato que se oculta, hablando de «genocidio» con una liviandad que asusta.
En 1948 había en Marruecos 265.000 judíos, hoy quedan 2.000.
En Argelia, había 140.000, hoy quedan 50.
En Irak había 150.000, hoy quedan 5 (no, no es un error, no son 5.000, son 5, una familia).
En Egipto había 75.000, hoy quedan 20.
En Yemen había 63.000, hoy quedan 10.
En Túnez había 105.000, hoy quedan menos de 1.000.
En Siria había 30.000, hoy quedan menos de 10.
En el Líbano había 20.000, hoy quedan menos de 20.
En Libia había 38.000, hoy quedan menos de 10.
Sí, los echaron de todos lados, pero se quedaron con sus casas, sus tierras y sus bienes.
Las 57 naciones musulmanas unidas en la Organización para la Cooperación Islámica ocupan casi 30 millones de kilómetros cuadrados: el 20% de la tierra emergida del planeta.
Israel tiene 22.070 kilómetros cuadrados: el 0,015% de la superficie terrestre.
Pero para la prensa occidental Israel es «colonialista».
No recuerda esa prensa que la mayoría de esos países no eran musulmanes. Fueron conquistados por el islam en un proceso que comenzó hace siglos y que ahora sienta a Zohran Mamdani en el sillón del alcalde de Nueva York (aunque ya se mostró comiendo en el suelo, faltaba más). No lo era Egipto (centro del cristianismo copto); no lo eran Siria y Líbano (mayoritariamente cristianas); no lo era Turquía, centro del cristianismo ortodoxo.
En Estambul, por ejemplo, estaba la catedral de Santa Sofía, la más imponente del cristianismo ortodoxo, creada en el siglo VI. Pero entró Mehmed II el Conquistador, a caballo en la iglesia, le gustó y dijo «me la quedo». La convirtió en mezquita en 1453. En 1935, el gobierno de Atatürk dijo «ni mezquita ni iglesia» y la convirtió en museo. Pero en 2020, con el reflotar de la influencia islámica, el nuevo gobierno la volvió a colocar como mezquita.
¿Se entiende el simbolismo?
No sólo querían conquistar.
¿Era una iglesia? Bueno, ahora es una mezquita.
Lo mismo pasó con el Domo de la Roca en Jerusalén, esa estructura semiesférica dorada que es pasto para las postales.
Ese es el lugar más sagrado para los judíos y también para los cristianos. Ahí, en el medio, debajo del domo está «la piedra del fundamento», el sitio desde donde según el judaísmo se creó el mundo y la piedra en donde Abraham casi mata a su hijo por orden de Dios, que por suerte le mandó la mano de Dios en el momento más justo aún que el Diego.
Bueno, para los musulmanes también es un lugar sagrado. De ahí, dicen, Mahoma se elevó a los cielos.
¿A qué viene todo este palabrerío religioso (que suena extemporáneo en el escrito de un agnóstico)?
A que el Califa Abd-al Malik en el siglo VII d. C. (porque los musulmanes son mucho más jovencitos que los cristianos y ni hablar que los judíos) dijo «de acá no me muevo», construyó el domo y hoy sólo pueden entrar los musulmanes. Sí, en Jerusalén, ciudad judía, está el lugar más sagrado de los judíos, pero no pueden entrar. Tienen que conformarse con el Muro, que es el muro de contención del Segundo Templo, el que destruyeron los romanos en el año 70. Ese del que Rebord se ríe porque cree que es gracioso.
Pobre.
Estuve en Belén, contame de un lugar más sagrado para los cristianos. Debajo del altar de la Basílica de la Natividad —a la que se entra por una puerta bajita, para que no pudiera entrar un musulmán a caballo— está el pesebre, el lugar en donde se supone nació Jesús, la mesita donde los reyes apoyaron los regalos, el establo de los animales. Es todo muy chiquito, es la impresión que te llevás cuando ves a la Gioconda (perdón por la herejía).
Belén está en Cisjordania. Casi no quedan cristianos en Belén. Hoy el 80% son musulmanes. Y los cristianos no lo pasan nada bien. La guía —cristiana en Cisjordania— me contó en privado cosas que no se animó a repetir cuando encendí la cámara. Prevé, lamentablemente, que pronto no quedarán cristianos en Belén. Así funciona la apropiación.
Por eso Israel nos habla del mundo, no de judíos.
Hay unos tipos que quieren conquistar todo.
Y humillan a los demás en donde se supone que más les duele.
Lo hicieron siempre, lo siguen haciendo.
Pueden mentir para eso (ver la nota de la semana pasada), pero los medios occidentales van y les creen y lo difunden y resulta que nadie cuenta que la luz, el agua e internet que llegan a Gaza vienen desde Israel. Nadie dice que las resoluciones de la ONU están condicionadas por el número enorme de países musulmanes y que la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) es un papelón histórico.
Es un tema digno de atención porque es desconocido, aunque evidente. Nadie habla de esto porque no hay tiempo o no hay conocimiento o no hay ganas o les da paja o coso.
La ONU tiene una organización, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), para todos los refugiados del mundo (ucranianos, sirios, afganos, etc.) que da ayuda de emergencia en el momento en que esa gente es desplazada. O sea, una agencia para todo el mundo, para actuar en lo inmediato. Bueno, para todo el mundo no. Los palestinos tienen una agencia especial para ellos solos con la sospecha bastante fundada de que se gasta más en la UNRWA que en la ACNUR. O sea, más en los palestinos que en todos los demás refugiados del mundo.
Pero hay más.
La UNRWA fue creada en 1949 por los desplazados de la guerra árabe-israelí. Esa guerra fue, es bueno recordarlo, comenzada por Egipto, Jordania, Siria, Irak y Líbano exactamente el día siguiente de que se proclamó el Estado de Israel. Bueno, esos cinco ejércitos consolidados no pudieron contra la pequeña fuerza israelí que apenas había nacido. Perdieron.
Volvamos a los refugiados.
Podemos decir que si fueron «refugiados» en 1949, ya estarán asentados —gracias a la UNRWA— en sus nuevos países de recepción.
Bueno, no, porque la UNRWA —a diferencia de ACNUR— no se dedica sólo a lo urgente. Para esta organización, los palestinos tienen —como ningún otro— el calificativo de «refugiado permanente». Es para aquellos de 1949, sus hijos, sus nietos. ¿Por qué? Porque coso. Así (a diferencia de ACNUR, que está en la emergencia) la UNRWA gestiona escuelas, clínicas de salud, servicios sociales y campamentos de refugiados. Claro que cuando uno dice «campamentos de refugiados», ¿en qué piensa? En tiendas de campaña precarias. Bueno, recorriendo Judea y Samaría —según el nombre bíblico— o Cisjordania, según el nombre de 1950, decía, recorriendo esa zona vi «los campamentos de refugiados» de 1949. Nada de carpas. Son edificios de varios pisos, como una ciudad del interior de Argentina.
La ONU, a través de la UNRWA, sigue tratando como refugiados a los desplazados de 1949, de una guerra comenzada por los árabes. Hay abuelos que llegaron a la Argentina después de esa fecha y nadie consideraría a sus nietos como «refugiados».
Eso por no hablar de que está probado que 12 empleados de la UNRWA participaron de la masacre del 7 de octubre, que se descubrieron armas en sus almacenes y que muchos de sus edificios eran entradas a los túneles en donde estuvieron más de dos años los rehenes israelíes.
EL LUGAR AL QUE TODOS QUEREMOS IR
Cuando en diciembre del año pasado publiqué en Seúl una lista de atentados bajo el título de «Islamofobia», me pasaron dos cosas. La primera es que los lectores habituales me dijeron «no pude terminar de leer la lista, es interminable». Y ese no fue un efecto deseado, pero finalmente funcionó como metáfora: sí, la lista es interminable. Continúa hoy y continuará en todos los días que queden hasta que Occidente se dé cuenta.
La segunda cosa es que no encontré manera más clara de contar que este no es un problema judío.
Si vos estás en el teatro en Moscú, andando en bici en Nueva York, en un recital de rock en París o comprando telas en Buenos Aires y una bomba islamista te puede volar por los aires y terminar tu vida, ¿cómo vas a decir que es un problema israelí?
Y acá viene mi enamoramiento.
Israel es la avanzada de Occidente en una zona del mundo que quiere vivir como hace 1.300 años.
Israel es la avanzada de Occidente en una zona del mundo que quiere vivir como hace 1.300 años.
¿Qué quiere decir que Israel es grande como Tucumán?
Que Tucumán podría ser, por sí sola, una potencia mundial.
Israel pudo.
Era un desierto, inventaron el riego por goteo, el pendrive, el sistema Waze, los procesadores de Intel, el firewall, la pillcam (la camarita que va en una pastilla y permite ver los intestinos sin cirugía), el copaxone (uno de los medicamentos más importantes para la esclerosis múltiple), el ReWalk (el exoesqueleto que permite a las personas volver a caminar), la desalinización del agua del mar (y todavía hay quienes dicen que los israelíes vienen a la Argentina ¡por el agua! Si serán brutos), los tomates cherry, la Epilady, las máquinas SodaStream y hasta la doble descarga de los inodoros que le permite al mundo ahorrar miles de millones de litros de agua potable al año.
Sí, imaginemos ahora Tucumán inventando todo eso.
Quizás le iría un poco mejor.
Estuve en un pequeño y coqueto pueblo en el norte, cerca del Líbano, Kiriat Shmona. De ese pueblo era un pibe de 21 años, soldado que fue herido en la guerra. Volvió al pueblo, se curó y volvió al frente. Murió explotado dentro de un tanque. Hablé con un amigo del muchacho. Estaban —en febrero— juntando voluntades para ponerle el nombre del muchacho a un paseo que solía hacer, al lado de un arroyo. Me hablaba de su amigo, pero no había rabia ni odio. Había un agradecimiento por haberlo conocido, haber compartido shakshukas (tomate con huevos fritos) en las excursiones por las montañas, por saber que seguía ahí, en ese arroyo. El pueblo estaba semiabandonado porque Hezbollah, desde Líbano, nunca dejó de bombardear. Quise saber cómo estaba el pueblo ahora, en medio de la nueva guerra. No pude.
Ese es el espíritu que vi en todas partes.
La Plaza Digendoff, en Tel Aviv, es hermosa.
Es el único diseño urbano integral de la Bauhaus (los artistas alemanes que escaparon antes del Holocausto fueron en muchos casos a Tel Aviv). No es sólo un edificio, sino una plaza que obligó a que todos los edificios de alrededor se curvaran para darle forma al espacio público. En otros lugares del mundo, la Bauhaus se aplicó más a edificios individuales o a bloques de viviendas rectos. En medio de la plaza está la famosa fuente Agam. Alrededor de la fuente, en febrero, había centenas de fotos de jóvenes muertos en la guerra. Centenas. Todos sonrientes. La gente pasa, les deja flores, enciende una vela y se va. En la plaza, en enormes bancos de colores, la juventud —gente de la misma edad que los chicos y chicas de las fotos— ríe, conversa, juega. Me llama mucho la atención. ¿Cómo pueden tener esas ganas de vivir con todo eso al lado? Hablo con una chica argentina que vive justo en un edificio Bauhaus enfrente de la plaza. Sola, saca el tema: «sí, todos tenemos conocidos o amigos que murieron en la guerra, por eso los recordamos todo el tiempo». No hay quejas ni enojo. Hay una aceptación y un seguir para adelante.
¿Todas son buenas?
Y, no, en el fondo es un país con problemas como los de los países. Hablé con diputados del oficialismo y de la oposición. Irreconciliables en algunos temas, hay denuncias de corrupción en cada uno de los poderes, pero en algo están todos juntos: la defensa del país.
Como un asado de carne paraguaya con dos familias de argentinos que se fueron hace años a vivir a Israel. No se ponen de acuerdo en varios temas. Discuten como italianos. Argumentan sin parar como argentinos. En Israel también, dos personas, tres opiniones.
La prensa occidental suele hacer hincapié en los colonos ultraortodoxos de Cisjordania. Son gente brava y de mentalidad reaccionaria. Sí, son jodidos con los árabes. Pero juzgar a Israel por ese grupo tan minoritario es como juzgar a la Argentina por la banda del Gordo Valor. ¿Qué argentino se vería representado? Pero a la prensa occidental le encanta ese recorte que se ajusta a su narrativa.
Voy a seguir hablando de Israel porque me parece un país del 2060 rodeado de Edad Media.
En el impresionante desierto del Negev, sólo tres semanas al año, florecen las calanitas, flores rojas del desierto.
Tienen todo en contra, el clima, el suelo.
Es la flor de la resiliencia.
Hoy cubren el lugar en donde ocurrió la fiesta de Nova, que terminó en masacre con la muerte de 358 jóvenes en manos de los terroristas palestinos de Hamás.
Las calanitas son la flor nacional de Israel.
Tuve la suerte de pasar por el desierto con el espectáculo rojo de las flores de la resiliencia.
Entendí todo.
Lo que efectivamente le pasa a gran parte de la humanidad con los judíos es, lisa y llanamente, envidia.
Después de los viajes, después de las lecturas, después de las conversaciones, mi conclusión no puede ser más prosaica. Lo que efectivamente le pasa a gran parte de la humanidad con los judíos es, lisa y llanamente, envidia.

Osvaldo Bazán
Periodista y escritor. Su último libro es Seamos libres (Del Zorzal).
Fuente: https://seul.ar/otra-vez-israel/
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